lunes, 20 de septiembre de 2010

el día de mi entierro, visto tras la vidriera


Historias de un camino que antes de camino fue siembra, antes de siembra, bosque y antes desierto de roca y muerte, hoy camino oculto por la maleza que traspasa la entrada del cementerio en dirección a un ataúd negro. Hoy ni muerte ni vida, ni paso ni atraso, me muestro indiferente, etérea pausa de lo plausible, tuerzo el gesto de un rostro indispuesto, preparo relatar historias. Y aquí va la primera: el día de mi entierro, visto tras la vidriera.

Flores llacen húmedas,
esperando su putrefacción.
Plantas fueron, mas ahora yacen fallecidas.
Risas de niños de fondo, no son por mí,
por mí nunca más habrá risas.

Aire denso, cargado de agua
inunda pulmones de alguno de los testigos.
No hay tristeza, ni compasión.
Muestran firme gesto de sosiego.
Hoy debe ser el día de mi entierro.

Amedrento las horas,
las alimento de escarcha y ébano pulido.
Tristes miradas me adornan,
en la noche de mi existencia,
hoy, cuerpo abatido.

Alcancé póstumo título,
tras la lista de deseos por cumplir,
amar, odiar, querer y ser querido,
ser gris, obstuso y oblícuo,
tras dañar, sufrir, matar y morir.

Puentes de lágrimas empañadas,
tuercen el giro,
desde donde han partido.
todo lo casual dado son causa dada
de evitar lo contrario, quedaría arrepentido.

Donde los haya, busco ataúd,
busco los cruces oscurecidos
de personas muertas,
conseguiré mi propia cruz,
pido al cielo o a quién sea clemencia.

Ya muerto,
siento que quién se ha torcido,
no fui yo, no,
fuiste tú, ego aguerrido.